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Una feliz sorpresa inesperada

2009-08-02

La voz de la joven mezzosoprano Amaya Domínguez es de reseñable belleza tímbrica, sedosa, con un centro ancho y bien proyectado, rico en armónicos. Su interpretación fue intachable técnicamente hablando. Subrayaría especialmente su capacidad para atacar las notas superiores en piano y para sostener el canto y el sonido en unos pianissimi de gran belleza, como en El paño moruno o en la Nana de Falla, pieza esta última en la que exhibió unas muy sensibles regulaciones que aportaron intimidad a una noche llena de ruidos de abanicos y de aplausos a destiempo. Su formación en Música Antigua le otorga, además de un preciso sentido de la afinación (como se vio en la armónicamente complicada Chévere de Montsalvatge), una perfecta inteligibilidad, algo que se echa de menos en tantas cantantes a la que no se les entiende nada de lo que cantan.